Historia

Sabemos que los egipcios, conocían ampliamente el magnetismo terrestre y el biomagnetismo. En algunas tumbas egipcias se han hallados objetos identificados como péndulos y varillas radiestésicas, lo que demuestran que hacían amplio uso de esos instrumentos, que aplicarían a la medicina y a la construcción. En las representaciones escultóricas o pictóricas de los faraones, veremos que se le suele representar llevando unos objetos en las manos que recuerdan las varillas utilizadas por los actuales zahoríes y buscadores de aguas.

En el siglo XVIII era muy común la contratación de rabdomantes para la mejor ubicación de la perforación de un pozo de agua. El “arte del Zahorí” se refería a individuos capacitados para detectar agua en profundidad a través del movimiento de varas de madera flexible con forma de horquilla. También podía utilizarse un sencillo péndulo que acusaba la presencia y profundidad del agua con determinados códigos de movimiento. En la actualidad, esta capacidad de percibir elementos bajo el suelo ha dejado de ser una “mancia”

“El hombre camina lentamente sobre el terreno. Lleva en sus manos una rama de fresno bifurcada, tomada de dos de sus extremos con las palmas hacia arriba.

Está atento, pero no parece abstraído ni especialmente concentrado. En determinado momento, inesperado aun para él, el extremo libre de la vara se levanta como empujado por una fuerza que viene de abajo. Vuelve sobre sus pasos y repite el procedimiento. El movimiento de la vara es confirmado. Por allí pasa una vena de agua a poca profundidad”.

 Para convertirse en una ciencia: la Radiestesia (viene a significar ” sensibilidad a las radiaciones”, ciencia que estudia fenómenos tales como la detección de aguas subterráneas) La detección radiestésica se extiende a todo tipo de materiales, fuerzas u objetos. Incluso puede utilizarse en el diagnóstico de enfermedades o alteraciones fisiológicas.

Ya en el antiguo Egipto, Abraham y Moisés poseían el don de hallar agua en el desierto utilizando varas o cayados que el pueblo suponía cargados de poder. La vara de Moisés podía tomar la apariencia de una serpiente, símbolo universal de las venas de agua subterránea.

Se dice que los romanos, antes de fundar una nueva ciudad, soltaban en el terreno elegido una majada a la que dejaban allí durante un año; al cabo de ese tiempo examinaban  las vísceras de las ovejas para decidir si ese lugar era propicio o no.

Los pueblos irlandeses utilizaban un método algo menos trabajoso: antes de construir una vivienda marcaban los vértices del terreno elegido con estacas a las que unían mediante un cordel. Si a la mañana siguiente se encontraban las estacas caídas, se consideraba que el terreno estaba surcado por “un sendero de hadas” y por lo tanto no debía ser bloqueado con una construcción. En conjunto, éstos y muchos otros procedimientos utilizados por culturas antiguas para evaluar la calidad de un terreno antes de construir son denominados Geomancias. Aunque no exentas de cierto componente supersticioso, las geomancias, con todo, permitían captar lo que hoy llamaríamos “el duende del lugar” y eran eficaces para detectar lugares apropiados desde el punto de vista geológico, biológico y arquitectónico.

Hoy en día sería irreal pensar en aplicar alguno de estos antiguos métodos: quien busca una vivienda nueva o un terreno para construirla debe tener en cuenta primero una serie de condicionantes entre los cuales suelen predominar los económicos y la cercanía a los lugares de trabajo, colegios etc.; que frecuentemente dejan poco margen para la “geomancia”.

Sin embargo, la noción de que la vivienda y el entorno en el cual se encuentra pueden tener un impacto sobre la salud de sus habitantes ha resurgido en los últimos tiempos, incluso en el ámbito científico, de la mano de la medicina y la psicología ambiental y especialmente de la baubiología (biología de las construcciones).

La palabra radiestesia también significa “sensibilidad a las radiaciones” Sabemos que “sensibilidad” es la capacidad de sentir.

¿Más que se entiende por radiaciones?

Todo lo que existe en el Universo está compuesto por energía, que vibra en diferentes frecuencias. La propagación de la energía en el espacio lo llamamos “radiaciones”, algunas de las cuales son percibidas por los sentidos, como la luz (colores), sonido, el calor.

Hay otras que pueden ser apreciadas por las personas que desarrollaran la sensibilidad radiestésica, una especie de sexto sentido. Los instrumentos que se usan –péndulos o varas- funcionan como amplificadores de pequeñas y casi imperceptibles, reacciones neuromusculares imprimidas por el subconsciente al brazo, en caso del péndulo, y a los brazos en caso de las varillas, en función  del objeto de búsqueda o de las preguntas efectuadas. Las respuestas son dadas e interpretadas por los movimientos propios de los instrumentos a través de un lenguaje pre-establecido y convencionado que, por eso mismo, se le llama por “convención mental”. 

En la práctica utilizaremos testigos (testemunhos = muestra o representaciones de aquello que se busca) que ayudan al operador a establecer una conexión o relación y una sintonía con el objeto de la búsqueda, siguiendo el siguiente principio: “Lo semejante atrae a lo semejante”.

Para la comunicación que se establece entre el consciente y el subconsciente del operador, en el acto radiestésico, es muy importante desarrollar y equilibrar, a través de ejercicios específicos, las dos funciones de los hemisferios cerebrales: la racional y la intuitiva.

La radiestesia se aprende tal como la música, o el diseño de cualquier otro arte.  Para practicarla poco importa la edad o el sexo; lo que es preciso es la perseverancia y la asiduidad en el trabajo. Cerca del 80 %  de las personas pueden hacerlo, con una mayor o menor facilidad. El 20 % restante tienen muchas dificultades, principalmente por falta de concentración. Otro gran obstáculo es la convicción de que todas las respuestas o necesidades humanas se encuentra fuera de la propia persona. De ahí resulta la inmovilización de las potencialidades anímicas. Preconceptos y bloqueos mentales constituyen otros tantos obstáculos en la manifestación de esta sensibilidad. Más, quien quiera, y por ello se esfuerce, puede obtener resultados que no dejen margen a dudas.

Descendiente del antiguo arte de los zahoríes, la radiestesia tiene un pasado de millares de años. En las paredes de algunas grutas localizadas en el monte Atlas y en África del Sur, se hallan dibujadas figuras humanas que muestran la utilización de la varilla ya en tiempos prehistóricos.

En el bajorrelieve (2200 AC) el emperador Yu Huang, de la dinastía Hsia, conocido geomante, utiliza un aparato en forma de diapasón, curiosamente semejante al utilizado por algunos radiestesistas rusos. A la radiestesia en Rusia se la denomina, “método biofísico”.

Documentos como “De Divinattione” de Cicerón, aseguran que griegos y romanos utilizaban la radiestesia. Las fuentes termales fueron encontradas en la secuencia del trabajo de los zahoríes que acompañaban a las legiones romanas para localizar el agua que necesitaban.  En 1521, Basile Valentin, un famoso monje benedictino alquimista, habla de las varas y de los mineros austriacos y alemanes que de ellas se servían para detectar filones de mineral.

En el libro de “Re Metalica”, de 1546, el médico y mineralogista Georgius Agrícola, ilustra esta práctica de los mineros. Athanasius Kircher, el conocido jesuita renacentista, constata, en 1631, su simpatía a los instrumentos para las corrientes de agua.

El desenvolvimiento de la radiestesia moderna se inicia en el siglo XIX, principalmente en Francia. Entre los pioneros se incluyen: el químico Chevreul, el Conde Tristán, el barón de Morogues, el zahorí Grises, el fraile Theodoras y los abades Carrié, Paramelle, Racineux, Mermet, Bourdoux y Bouly. A este último debemos el propio nombre “radiestesia”, anteriormente llamada rabdomancia.

En la secuencia del trabajo de estos pioneros, la radiestesia se expandió por todo el mundo. El hecho de que existieran tantos padres y monjes buenos radiestesistas, se debe a la capacidad de concentración mental –un factor esencial- que adquieren por la práctica constante de la oración y de la meditación.

Hay dos grandes corrientes en la radiestesia, la primera,  llamada “Escuela Física”, busca explicar su funcionamiento a través de las leyes físicas. Para esta escuela cuando se estudia un objeto, aquello que es captado por el organismo, son las variaciones, las perturbaciones y los cambios producidos en los campos eléctricos, magnéticos y gravitacionales del suelo; siendo un objeto caracterizado por 8 Rayos: el vertical, el testigo, el fundamental, el solar, el capital, el ocular, el de forma y el de serie. Para muchos, estos rayos son de una naturaleza especial cuyo análisis escapa a la ciencia, mas que ayuda al operador en su busca, tal como las líneas de nivel que unen puntos de igual altura, como hacen los cartógrafos, aunque estos no estén materializados en el terreno.

La segunda escuela, surgida más tarde, y denominada “Escuela Mental”, busca las explicaciones en el cuadro de los fenómenos de la mente humana.

Para sus seguidores, delante de la necesidad de concebir alguna radiación obligatoria entre el objeto buscado y el operador, es preciso admitir que, si ella no puede ir a la materia, forzosamente irá al operador. O sea, el núcleo de los fenómenos radiestésicos está en la mente del operador y no en agentes físicos externos. Una y otra  escuela tiene bastantes puntos en común y muchos seguidos. Por eso se concluye que, a pesar de las diferencias, hay más complementariedad que oposición entre ambas escuelas. En términos teóricos todo está abierto.

Aunque no exista todavía una teoría unificada que explique los mecanismos de la radiestesia, ello no impide que funcione y que de pruebas de gran utilidad.

Además de servir para la búsqueda de personas, animales, y objetos desaparecidos y de la tradicional detección de aguas subterráneas efectuadas por los zahoríes (se calcula que el 16% del agua que la humanidad utiliza fue descubierta por ellos), la radiestesia se desenvuelve en los últimos 100 años en muchas otras áreas.

Algunas de las más conocidas son: La agricultura (escuela de animales y semillas, compatibilidad entre suelos y culturas y de éstas entre sí); arqueología (selección de lugares donde sea posible la búsqueda en grandes extensiones de terreno); arquitectura y construcción relacionadas con la geopatología (conocimiento de diversos factores de radiación telúrica, y localización de los buenos lugares, en la concepción de soluciones arquitectónicas, escogiendo los materiales de construcción más apropiados); diagnóstico médico y veterinario (con la posibilidad incrementada de determinar, caso a caso, la dosificación adecuada para que los medicamentos produzcan un máximo de beneficios con un mínimo de efectos secundarios); compatibilidad alimenticia (elegir la mejor alimentación  como base de una vida saludable principalmente cuando se desconoce su origen y tratamiento); análisis de carácter (como auxiliar de conocimiento psicológico, mas también utilizado en psicología clínica y psicoanálisis); orientación profesional y vocacional (consejos para una profesión y orientación en los estudios compatibles como síntesis de todos los aspectos personales de carácter y de temperamento); investigación criminal (área de actuación muy especializada y sólo posible en determinados casos); polución electromagnética (establecer los márgenes de seguridad para este tipo de polución, cada vez más presente en las sociedades industrializadas y con innumerables consecuencias para la salud); etc.

Constituyendo un medio y no un fin en si misma, la radiestesia, fundamentada en la ley de la necesidad, puede ser usada en cualquier campo de actividad.  

Nos ayuda inclusive a desarrollar capacidades de percepción que poseemos en latencia, pero que están adormecidas. En un proceso que conduce al auto-conocimiento, nos volvemos así más conscientes, además también más responsables, en la medida que sentimos la unión que tiene  “todo con todo”.

Aunque sea muy personal, en ese sentido considerada un arte, la radiestesia se rige por principios precisos que si no fueran respetados, comprometen seriamente sus resultados.

Salvo los  “radiestesistas”  de salón o de fin de semana, principalmente los que intentan desvelar el futuro o  motivaciones ajenas a través de este medio, son quienes más contribuyen a su descrédito debido a los muchos errores que cometen. Vale la pena referir aquí el pensamiento del Mayor Jim Scott Elliot, Presidente de British Society of Dowsers, entre 1966 y 1975:

“Déjenme decir, que esperamos del radiestesista cualificado una visión que exceda un pequeño suceso, que valore más a la humildad, basada en la tranquila aceptación de un don que nos fue dado, desenvuelto como un trabajo arduo y entrenado en el riguroso campo de la experimentación, donde el suceso o el fracaso significan mucho para nuestra integridad”.

La radiestesia es y debe de permanecer simple, independientemente de la cantidad y la complejidad de las teorías que se expliquen. El “secreto” no está en las herramientas que fácilmente pueden ser  hechas en casa con materiales corrientes y gastándose muy poco dinero, pero si, en las personas que aman su arte, conocen los principios, respetan las reglas de su funcionamiento, corrigen constantemente los errores de aprendizaje y trabajan con determinación, durante meses o años conforme al grado de eficiencia que deseamos obtener.

En Portugal, en un pasado reciente, hubo también grandes practicantes de la radiestesia. Fue el caso del Padre Himalaya (el precursor de la energía solar), el Dr. Frias Ferreira, el Dr. Artur Teixeira o el Padre Abel Guerra, entre otros. Infelizmente todos ellos operaban mas o menos aislados y por lo que se sabe no tuvieron continuadores.

Las investigaciones efectuadas hasta ese momento y el poco material que se ha conseguido recoger, muestra no obstante, aspectos muy interesantes sobre sus métodos de trabajo.

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